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Ciudad Autonoma de Buenos Aires
EDICIÓN i: Nace el mixpartidismo
POR PATRICIA BULLRICH
¿Es Roberto Lavagna la alternativa o Néstor Kirchner o solamente es un emergente de la impotencia de muchos ciudadanos argentinos que crean una alternativa desde sus fantasías? Buena pregunta para comenzar.
CIUDAD DE BUENOS AIRES (EDICIÓN i). La alternancia en la Argentina es dar un paso más. Es el desafío de construir otro sistema político, que se enfrente integralmente a la cultura política corporativa. Se puede ser Petain o De Gaulle. Cada uno debe elegir.
La teoría convencional
La mezcla de diferentes ideas y procedimientos -y en la música, la
de diferentes canciones y ritmos bailables-, se denomina ‘mix’.
La ciencia política había alumbrado, con una cierta claridad,
tres sistemas políticos conocidos, el unipartidismo, el bipartidismo
y el multipartidismo.
> En el sistema de partido único, cuyo objetivo es darle una sólida
base al régimen y acallar las voces disidentes, el partido se confunde
con el Estado y, a excepción de México, que subsistió
en democracia, ha sido el sistema característico de los regímenes
comunistas o fascistas.
> El bipartidismo es la capacidad de sintetizar en dos opciones la
diversidad de ideas, los intereses sectoriales y lograr una fluida alternancia
en el poder. Conceptos tales como la propiedad privada que enfrentó
a los partidos liberales con los socialistas, el lugar de lo social, las
libertades civiles, el rol de la religión, la mayor o menor ingerencia
del Estado, el papel del mercado y la libertad son algunos de los ‘issues’
que han caracterizado el debate en un sistema político bipartidista.
Hoy subsiste en países con fuerte base bipartidaria (Inglaterra,
USA, España, Alemania, Chile, aunque con coalición de partidos)
y si bien se puede decir que hay ciertos puntos en común, también
hay temas que son representados de manera diferente por un partido o por
el otro. Los matices conforman hoy las bases de sustentación del
sistema.
>El multipartidismo es la existencia de una variedad de opiniones que,
en vez de debatir en el seno de dos partidos, se expresan en una diversidad
de opciones. En general se piensa que un régimen multipartidista
se debe a la existencia de problemas múltiples y de difícil
solución en una sociedad, tales como problemas religiosos, étnicos
etc. Puede ser también la muestra del desorden de un sistema político
producido por las crisis de representación de los partidos mayoritarios.
Los sistemas multipartidistas se conforman con nuevos partidos que son escisiones
de los partidos tradicionales. En México se ha terminado la historia
del partido único, con la competencia pareja de tres partidos para
las elecciones del 2 de julio de 2006. En Uruguay, el tradicional bipartidismo
entre ‘blancos’ y ‘colorados’ dio paso a una tercera
opción que hoy gobierna esa República.
Lo nuevo
En la Argentina una nueva categoría está por nacer: el mixpartidismo.
Es decir, un sistema de conglomerados políticos que no muestran diferencias
ni en sus programas, ni en sus prácticas políticas, ni en
su modelo de construcción, ni en su concepción del mundo y
que se alinean en torno al poder y a un laberinto político institucional
que reproduce en forma endógena sus vicios.
El mixpartidismo es la confluencia de grupos que se organizan por casualidad,
inorgánicos, sin compromisos con la sociedad y de partidos que para
proteger sus estructuras buscan salvavidas y salvadores que les permitan
transitar una elección y volver a ubicarse en el escenario del poder.
Los partidos no funcionan como tal, la vida interna se desplaza hasta no
existir y solo pueden acceder a candidaturas, aquellos que se acercan al
nuevo poder.
Podríamos decir que el ‘mix’ tiene proporciones inversas
pero idénticas en el movimiento oficialista y en el promovido movimiento
opositor.
Veamos su funcionamiento:
Oficialismo: 80% de PJ, 20% de UCR
Oposición naciente: 80% de UCR, 20% de PJ
El fenómeno de los salvadores
Mucho se escribió sobre la falta de coherencia interna de la Alianza.
Pero nada, o casi nada, sobre la coherencia interna del conglomerado actual
de gobierno.
Es que se sobreentiende que a unos se le piden condiciones distintas que
a los otros.
Cuando el componente mayoritario del mix es peronista, se parte de la base
de que subordinarán todo a la figura dominante y ahogarán,
con recursos fiscales abundantes, las ideas diferentes, si las hubiere.
Nadie se pregunta sobre la capacidad de convivencia de sectores antagónicos
en el seno del oficialismo, ni ahora, ni antes. Se ve normal. El poder ordena
y subordina. Esta es la lógica del peronismo en el gobierno. La gobernabilidad
esta asegurada.
En el caso de la UCR no es igual. Ya que se la considera débil y
timorata en el manejo del poder, entonces se le pide coherencia y claridad
en las ideas. Cuando ésta diluye los principios y prioriza el poder,
para ello recurre al peronismo quien la corre del lugar, tal como ocurrió
en 1989 y en 2001.
Hemos transitado dentro de este laberinto los 23 años de la democracia,
con una clara involución social.
Cuando el peronismo vuelve a desplegar su manejo del poder y reproduce,
una y otra vez, la misma lógica, la sociedad que no se encuentra
representada comienza a impacientarse y le exige al resto que se una.
No importa cómo ni cuándo. Tan sólo quiere una opción
enfrente. El recuerdo de los largos debates en torno a la experiencia de
la Alianza, quedan de lado, el recuerdo de la farsa de la elección
entre el duhaldismo y el kirchnerismo en la última elección
se borra automáticamente, y todos olvidan que el oficialismo se nutrió
de las fuerzas de sus derrotados que, raudamente, pasaron a sus filas.
No importa. La irritación es más fuerte que la experiencia
y se pide lo mismo que ya fracasó.
El ‘todos contra Menem’ se ha transformado ahora en ‘todos
contra Kirchner’.
Se busca un salvador. Comienza el proceso de adoración.
Periodistas que ensalzan figuras, que encuentran virtudes y minimizan defectos.
La sociedad se impacienta y no quiere pensar en el largo plazo aunque, tal
como en la máxima napoleónica, mientras mas rápido
lo vistan, más retrasará el proceso de cambio.
Las preguntas elementales no se hacen: ¿Quién va a gobernar?, ¿con qué programa?, ¿con qué equipo?, ¿con qué valores?
No importa mucho. Estamos apurados y precisamos algo ya. No importa que
el poder que reemplace al matrimonio K sea de su misma naturaleza.
Se está ‘vistiendo’ una nueva opción opositora.
Los nombres que aparecen no son importantes para este análisis porque
los ‘salvadores’ son apenas un emergente de un problema de fondo:
el reemplazo final de un sistema de ideas por un sistema de poder. Exclusivamente
de poder.
Detengámonos un minuto a analizar la realidad:
1. El 20% de la UCR que está en el conglomerado de gobierno, ¿tiene
alguna idea y prácticas distintas al 80 % que no está?
2. El 20% del peronismo que se mantuvo fuera del poder K ¿lo hizo
porque no comparte el programa de Kirchner o porque fueron obligados a dar
pelea?
Aceptamos, por un momento, que hay una figura que se instala por encima
de los opositores que hasta ahora mantuvieron prendida la llama de la oposición
solo a nivel discursivo pero no pudieron articular un espacio político
y social competitivo.
Esta figura precisa un gabinete, gobernadores, diputados, concejales, intendentes,
interventores, secretarios de Estado, un plantel de gente que administre,
imponer una práctica de administración del Estado y ser capaz
de revertir la naturaleza de un poder que sólo trabaja para su propia
reproducción.
¿Que sucederá entonces?
1. El 20% del PJ llamará al otro 80%.
2. El 80% de la UCR llamará al otro 20%.
Quedaran afuera apenas Kirchner y su señora, como del menemismo quedó
afuera exclusivamente Menem, y del duhaldismo sólo Duhalde.
Pero si el poder es la crisis, entonces ¿por qué esperar de
este mismo poder la solución?
La alternancia continuada y el pluralismo de uno mismo.
Podemos hablar de pluralismo, de uno mismo y de alternancia continuada.
Es la alternancia al interior del mismo sistema que, como ya se ha demostrado,
no se cambia a sí mismo.
Los procesos de transición conocidos y repetidos hasta el cansancio
por políticos, analistas y politólogos demuestran que, en
aquellos países que pudieron construir consensos o pactos, hubo una
voluntad de las partes de cambiar. Es decir, salieron de un lugar para llegar
a otro.
Ellos acordaron cambios que involucraban a sus propios espacios de poder
y cedieron para mejorar la calidad de la democracia, de la convivencia entre
fuerzas políticas, en sus relaciones federales, en sus visiones del
pasado, en relación a las instituciones.
Lo que no se ha dicho es que este sistema político, ahora bifronte,
que atrofia la democracia día a día, no quiere pacto alguno,
o al menos no intenta un cambio para mejorar su propia performance.
Porque pacto implica construir procesos de mejora de la calidad de la democracia
y la calidad de vida. Implica, en consecuencia, una serie de premisas aceptadas
por las partes, tales como transparentar el uso de los recursos públicos,
objetivar la relación Nación-provincias, un compromiso para
“despartidizar” el Estado, para financiar de manera ética
la política, para construir una reforma política moderna y
para respetar la división de poderes, entre otros puntos de una agenda.
Ocurre que como la gobernabilidad está extorsionada por un poder
que se mueve atrás del poder, éste negocia que, a cambio de
la gobernabilidad, sus intereses no se tocan.
Síntesis: sólo quienes manejan la llave para abrir el cajero
del poder pueden gobernar, los demás serán arrasados. Paradojas
de la historia: lo que para el sistema político es su fortaleza para
la sociedad es su decadencia.
Para que la alternancia no sea continuada, la opción debe ir más
allá, transformar la concepción del poder y cambiar las prácticas
de la administración del Estado en sus tres niveles, erradicando
el concepto de ‘aparato’, de prebenda, de cliente, de la utilización
del Estado en beneficio corporativo, del capitalismo de ventajas.
La alternancia continuada, en consecuencia, es aceptar que la maraña
del poder seguirá intacta y que lo que cambiará será
su cabeza.
El sistema político corporativo argentino ha demostrado que es incapaz
de cambiarse a sí mismo. Por el contrario, cada vez se defiende con
métodos más degradados para mantener su poder.
Mucho se ha escrito durante estas semanas de la irrupción de un salvador, cosas tales como que su candidatura articula racionalidad y gobernabilidad, que es una novedad la unión de radicales y peronistas, y que lo positivo es rodearse de estructuras acostumbradas al poder. Pero nada se ha dicho del resultado que estas estructuras han provocado sobre la Argentina, en el pasado y en el presente.

