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Ciudad Autonoma de Buenos Aires
Disociados
Por Patricia Bullrich
Para LA NACION
Para escenificar la capacidad de no repetir situaciones traumáticas, los argentinos recurrimos a un dicho popular: "El que se quema con leche, cuando ve una vaca, llora".
Este dicho se refiere a la necesidad de no volver a repetir aquellos hechos o situaciones que nos dejaron dolor y marcas. Habla también del uso de la lógica para relacionar causas y consecuencias.
La vaca es la causa y la leche, su consecuencia. Por eso no llora, tarde, al ver la leche sino al visualizar su origen: la vaca.
Este dicho, paradójicamente, no lo aplicamos en nuestra realidad política y social. Disociamos causa de consecuencia. Si reescribiéramos el dicho en clave política, diríamos: "El que se quema con una Justicia que acepta la violación de los derechos fundamentales, ve una nueva manipulación y llora".
Sin embargo, no es así. Vivimos disociados. Las escenas duras, angustiantes, de ciudadanos que golpeaban las puertas de los bancos para intentar rescatar un derecho fundamental que les había sido negado no se relaciona con el cambio, innecesario, arbitrario y discrecional de la ley que reglamenta el funcionamiento del Consejo de la Magistratura.
La ciudadanía se mantuvo lejos. No participó y tampoco relacionó aquellas escenas de la crisis con este cambio en el Consejo de la Magistratura.
La oposición se quedó en el qué dirán, y cuando fue atacada porque sus dirigentes aparecieron en una foto compartida por supuestos conservadores y supuestos progresistas no quiso repetir ese impacto y tra bajó a media máquina, sin coordinación y aceptando el discurso prejuicioso que impuso el poder.
El Poder Ejecutivo usó el poder descarnadamente, penetró en la fibra más débil de la dirigencia política, que quiere tener un lugar en el conglomerado del triunfador. Algunos lo hicieron por un precio más alto; otros, simplemente por amor al poder.
Así el triángulo de las Bermudas que ha hundido a la Argentina volvió a funcionar: indiferencia cívica, práctica hegemónica del poder, debilidad, falta de convicción y miedo de la oposición.
El debate sobre los cambios al Consejo de la Magistratura se mantuvo dentro de los límites de la élite política y jurídica. Ambos, Gobierno y oposición, repetimos el mismo error, porque encaramos el tema como un problema de la política y no de la sociedad. Las manifestaciones fueron minoritarias y escasas, casi una invitación a que el Gobierno impusiera a fuerza de corrupción y convicción su propio proyecto.
Los indiv iduos ahora privatizados después de su participación activa en la crisis de 2001, cuando reclamaban justicia, están ocupados por la marcha de la economía. Los analistas auguran que 2007 ya tiene dueño si la economía mantiene sus niveles de crecimiento.
Esta sensación se percibe también en la calle y, por qué no decirlo, en las oficinas y los reductos de los diversos partidos opositores: con crecimiento económico, hay Kirchner para rato.
Seguimos disociados. No podemos fijar en nuestras cabezas la idea de que derecho y libertad no se desarrollan sin un bienestar material accesible a todos, de que no existe bienestar material duradero si no está asentado sobre un Estado de Derecho. Mientras la economía funciona, podemos aceptar destrozos institucionales y cuando anda mal, damos vuelta la cabeza y ponemos el ojo sobre nuestra falta de calidad institucional, mientras se destroza el bienestar material.
Atrapados y sin salida, repetimos una y otra vez el mi smo recorrido.
Cada uno de nosotros lleva adentro dos argentinos: uno de la crisis y otro de la bonanza. En la crisis protestamos, y en la bonanza nos olvidamos de las razones de la crisis y nos dedicamos a reconstruirnos materialmente, desarmados, sin esperar el próximo golpe.
Moraleja: seamos capaces de unir la vaca con la leche. Una sola cara y dos ojos bien abiertos: uno que apunte a la libertad como sueño de vida, al Estado de Derecho, el otro que apunte a la igualdad, es decir, a la capacidad de vivir con dignidad.
Interpretando a Tocqueville, seamos capaces de reunir en un mismo ser al individuo y al ciudadano y así amasar una democracia donde convivan armónicamente la libertad y la igualdad.

