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Ciudad Autonoma de Buenos Aires
Los punteros de la miseria
Por Patricia Bullrich
Para LA NACION
El anuncio que realizó un grupo de dirigentes de que se convertirían en el brazo piquetero del poder presidencial es mucho más que una noticia pasajera. Es la decisión del presidente Kirchner de reemplazar el aparato político tradicional por una nueva forma de interpelación de la pobreza a través de la creación de una nueva cultura, agrupando a los sectores excluidos con un modelo de organización alternativo al de los clásicos punteros.
El puntero no organiza, no crea pertenencia: sólo distribuye aquello que el Estado, o la corrupción política, separa para la gente.
El piquetero crea una pertenencia más profunda, una identidad diferente. Representa, de alguna manera, un modelo de organización política que da cuenta de un fenómeno al que el tradicional partido y el sindicato ya no pueden interpelar: los excluidos del sistema. Trabaja con una lógica de "sindicalización de la pobreza" al servicio del poder político.
Este es, sin duda, un nuevo poder, capaz de movilizarse y organizar una fuerza que, como ya ha quedado demostrado en momentos cruciales de la Argentina, puede desde poner en jaque al poder hasta provocar situaciones que terminen con un gobierno.
Además, el piqueterismo es el único sector que puede actuar a la vieja usanza de la clase obrera, que tenía un espacio de vida común: la fábrica y el barrio obrero, que le permitían encontrar un espacio social de reconocimiento. Los piqueteros generan un tipo de convivencia casi permanente con la gente, a través del comedor, la merienda, la movilización, la cooperativa y el emprendimiento. Así, se convierten en uno de los pocos sectores sociales con capacidad para reconocer problemas comunes. La paradoja es que del mantenimiento de esta situación de indigencia deviene su poder: un perfecto "antiprogresismo".
Sin duda que la clase media reacciona frente a problemas compartidos por todos. Se movilizó contra los bancos y se movilizó por la seguridad. Pero se activa respecto de temas particulares. No existe la posibilidad de pensar en una clase media congregada de manera permanente por algún tipo de reivindicación sin que al poco tiempo la movilización decaiga hasta hacerse insignificante.
Sin embargo, los líderes piqueteros cohabitan con sus movilizados y se ocupan de sus problemas. Generan un asistencialismo presente, que crea una relación que -nacida en el enfrentamiento contra el Estado- ahora se construye desde el Estado y con sus recursos.
Kirchner quiere instalar un nuevo sujeto histórico como base de su poder. Así como Perón alimentó al sindicalismo como su columna vertebral, Kirchner busca construir una nueva legitimidad llegando a los sectores excluidos con un Estado que los alcance y que sustituya la lucha que realizan contra el poder por la adhesión y la defensa del Gobierno y la veneración de un liderazgo.
Son más efectivos que los punteros, que, cebados por el dinero, una vez que llegan a las posiciones de poder abandonan a la gente y sólo vuelven a prestarle atención para los procesos electorales. A la vieja usanza conservadora.
Los piqueteros son militantes conscientes de su papel. Los dirigentes que los están organizando son activistas con más de treinta años de experiencia.
El Presidente, al organizar su propio sector piquetero, comienza a tener a quién darle el manejo de los programas sociales que administra su hermana.
Los programas Manos a la Obra - dinero contante y sonante que se entrega directamente, para la compra de herramientas, para realizar microemprendimientos- están totalmente destinados a la organización de estos grupos de poder alternativo respecto del tradicional puntero peronista.
Kirchner ya ha probado la capacidad de movilización de estos grupos. Cada vez que los necesita, están en la calle. Mucho más que los tradicionales punteros, que, cada vez más burocratizados y aburguesados, sólo pueden movilizar a la gente gastando enormes sumas de dinero para entregar a los capangas de barrios y de villas.
La pregunta obligada es el sentido profundo de contar con una fuerza organizada. Dos pueden ser las hipótesis.
La primera, y tradicional, es tener una fanfarria propia que se movilice cada vez que el poder los reclame. La segunda, y más complicada, es crear grupos de choque parademocráticos para enfrentar a "los enemigos del cambio".
No olvidemos que Luis D'Elía sostuvo que fue el aparato bonaerense el responsable del complot contra Fernando de la Rúa y el organizador de los saqueos prolijamente organizados.
El llevará a los oídos del Presidente la necesidad de estar preparados frente a las posibles reacciones del aparato. El acto mafioso contra dos empleados de Edenor le da sustento a su tesis.
El problema es que Kirchner, en su escalada discursiva, puede crear las condiciones para enfrentamientos que -ya no en el plano del discurso, sino en el plano de la realidad- reproduzcan situaciones como las vividas en la década del 70. En ese momento, el peronismo, en su paso por el gobierno, tiñó sus enfrentamientos políticos con sangre, aunque luego la historia intentó olvidar estos episodios y centrar la violencia sólo en la etapa de la dictadura militar.
Volver al discurso del 70 es peligroso, pero mucho más riesgoso
es volver a sus trágicos hechos.

