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Ciudad Autonoma de Buenos Aires
El modelo familiar de poder
La Argentina ha dejado su institucionalización del poder sólo reducida a los libros de historia. Nuestra realidad institucional, pobre de toda pobreza, cruza los límites de la ley en toda la Nación pero su arbitrariedad se enanca con más crudeza aun en las provincias de San Luis y de Santiago del Estero.
Las coincidencias en estas comarcas son muchas: dos familias cuyos miembros se sustituyen a sí mismos en el poder, culturas personalistas que realizan una idolatría de sus propias obras, provincias que se confunden, se mimetizan con sus gobernantes.
El lugar común es la adicción al régimen. Todo bajo el poder del caudillo. Nada se mueve fuera del círculo oficial, ni la prensa, ni la Justicia, ni la policía, ni el Poder Legislativo. El poder es la familia, es lo bueno y lo malo, los que dan y los que sacan, los que permiten crecer y los que te hunden. Los deseos de la gente sólo pueden ser satisfechos por el influjo personal del caudillo. Porque el poder se personaliza y es el bien, el que te da, y al que le debes. Siempre le debes. Nada se debe al esfuerzo, nada se debe a la dedicación, todo es gracias a la bondad de las familias.
El miedo y la devoción se mezclan en una población que no vive la democracia sino bajo el despotismo de los clanes que gobiernan hace décadas. El poder emana del control hegemónico y éste funciona como un reproductor permanente de sí mismo. Es como un círculo cerrado del que no se puede salir.
Las instituciones democráticas funcionan como pantallas de un régimen incierto, arbitrario, donde la ley se amolda al capricho del caudillo. Diputados que no opinan, jueces que miran al poder antes de dictar sentencia, empleados que delatan a los infieles, empresarios que conocen las reglas del patrón. El panóptico que todo lo sabe.
Además se generaliza la sensación térmica que nada fuera de este poder puede sobrevivir, porque todo o se compra o se destruye. Las oposiciones, en vez de conservar sus valores y principios como la columna vertebral de su política para desenmascarar al gobierno, quieren competir con sus mismas armas, con lo cual terminan mimetizándose como una mala copia del mismo, siendo totalmente funcionales al régimen.
Uno de estos regímenes es retrógrado; el otro, hacedor.
Santiago del Estero, con sus efigies, su juventud juarista, su rama femenina y hasta un ombusman que responde al patrón y a la señora.
Dos jóvenes asesinadas fueron el último episodio de un derrumbe que el partido de gobierno preservó en varias oportunidades salvando de la pueblada al matrimonio y devolviéndole el poder que habían perdido. Como en todo régimen que durante años vive en el silencio, algunas voces han comenzado a ventilar los horrores que se van haciendo públicos uno a uno. Una jueza que comienza a aprovechar esta rendija mientras el gobierno guarda estricto silencio.
La base del poder juarista no es distinta a la que existe en otras regiones del país: un brutal aparato punteril que tiene sometida a una gran parte de la población, un régimen electoral que garantiza mayoría con el perverso sistema de lemas, una Justicia nombrada y monitoreada por la señora, una “policía política”, como reconoce el Ministerio de Justicia en el informe que elaboró en una de sus visitas a la tierra santiagueña.
En las arrugas de una pareja que se ha “desvivido” por su pueblo se edifica un Estado mafioso. Y aunque parezca una exageración, Santiago del Estero es una provincia predemocrática, aunque se practique el voto de manera sistemática.
San Luis es otra historia: pujanza, ciudades nuevas, casas, autopistas de las de asfalto e informáticas, fábricas nacidas bajo el régimen de promoción industrial, escuelas autogestionadas, un vergel en el medio de la pobreza de sus vecinos. Es que en esta provincia la crítica al uso indiscriminado del poder ha sido aplanada por el peso de la obra. La transparencia institucional se relega frente al hacedor. Como si la gestión justificara la falta de entorno democrático.
El hacedor y papá Juárez son dos muestras de una Argentina donde la nación se confunde con el partido de gobierno o sus familias. El poder se utiliza como instrumento reproductor de más poder, indefinidamente.
La solución viene de la mano de una verdadera intervención donde el objetivo debe ser claro y transparente: resolver el vacío de sistema institucional, logrando avanzar de una conducción feudal a un sistema de liderazgos democráticos y desde la impunidad hasta el imperio de la ley.
Institucionalizar el poder para que no sólo se terminen las familias sino que en el futuro no puedan otras repetir la misma experiencia.
Así la historia comenzará por cambiar dos provincias y luego la seguirán todas las demás, incluyendo, sin duda, la del Presidente.
Por Patricia Bullrich

