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Ciudad Autonoma de Buenos Aires
El gobierno y el espacio de la ley
El Gobierno tiene una responsabilidad mayor en tanto administrador circunstancial del Estado en esta relación siempre tensa entre la disciplina que debe regir en una sociedad y la libertad que los seres humanos pregonamos como uno de los principios rectores de la vida social.
En el espacio de la calle la ley se presenta a cada momento porque es donde se entrecruzan derechos y obligaciones de todos. En la calle paramos porque hay un semáforo que nos obliga, y avanzamos cuando nos da permiso el mismo aparato; estacionamos donde estamos habilitados y caminamos por espacios predeterminados; circulamos por las calles tanto a pie como en transporte público o privado regidos por infinidad de normas que están naturalizadas en nuestra cultura. Si esto no fuese así, la calle sería un verdadero caos: nadie delimitaría el espacio del orden.
El orden, y es bueno que el Presidente lo entienda, no es sólo un concepto que se impone por la violencia o por la represión. Esta afirmación deviene una falacia ya que el Presidente no puede ignorar que hay otras maneras de lograr orden sin necesidad de sacar la cachiporra. No puede el Gobierno plantear la falsa opción de que la única manera de aplicar la ley es mediante el uso de la fuerza. La democracia, y es bueno recordarlo, intenta ser la convivencia pacifica entre los ciudadanos, siempre mediados por la ley.
Orden no es sinónimo de represión. El orden es en realidad una relación entre dos o más objetos que pueda manifestarse mediante una regla. Un orden social y público es la regulación de los deberes y derechos de los ciudadanos en un espacio determinado. La convivencia ciudadana parte de la aceptación tácita de un orden entre los ciudadanos que comparten un espacio geográfico. Si los ciudadanos al salir a la calle no encuentran un Estado que haga cumplir la ley lo que entra en caos es el valor de la ley.
La sociedad sabe que siempre existe una tensión entre el ser y el deber ser. Es la naturaleza del conflicto. Si no fuese así, la ley sería casi letra muerta porque nadie la vulneraría. Casi diríamos que es como una fatalidad prevista que una ley sea violada. Porque por ello se pensó en la necesidad de tipificar ciertas conductas como susceptibles de ser punidas. El problema de fondo no esta sólo en la violación de la ley, sino en la falta de un Estado que la haga cumplir o que pida su modificación si considera que no es adecuada. Porque entonces la sociedad le ha delegado su poder a un Estado que no cumple su parte del contrato.
No vaya a ser que hoy, cuando salgan a la calle, todos los ciudadanos decidan no cumplir la ley. Total, no hay quien los pare… Porque el Presidente, privilegiando su estrategia política, ha decidido dejar la ley en el placard.
Por Patricia Bullrich

