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España nos enseña que no es bueno cosechar tempestades
Se dice que 25 años es el período que separa a una generación de otra. Hace sólo 25 años, España plasmaba en el texto constitucional una decisión profunda de cambio.
No era el cambio de cualquier sociedad. Se escribía sobre un pueblo que se había enfrentado sangrientamente, con sus familias divididas y un millón de muertos. Subrayo: un millón de muertos.
El consenso y el diálogo no habían sido un espacio común
para los españoles.
¿Cuál fue el punto de inflexión? ¿Cuál
fue la reflexión inteligente y colectiva que le permitió a
España sobreponerse a una historia de enfrentamientos para construir
consensos que hoy se miden en el crecimiento cultural, social y económico
del que goza la comunidad toda?
¿El mismo dolor, quizás? ¿Fueron capaces de hacer de
su propia historia, profundamente conmovedora, la palanca del cambio?
El “nunca más” no fue sólo una consigna propagandística,
fue un sentimiento encarnado en la profundidad de la sociedad.
La transición española no fue una imposición de vencedores, se construyó sin enemigos, se construyó en el reconocimiento del otro, en la aceptación de las diferencias, en la búsqueda de un común denominador que los reconocía como pueblo.
España se levantó, nada más ni nada menos, por un pacto entre los detractores del régimen y los actores del mismo. El Partido Comunista aceptó la monarquía como el franquismo aceptó la legalidad del Partido Comunista.
Es decir que cada uno fue capaz de desprenderse de alguna de las verdades absolutas que los habían llevado al enfrentamiento para construir un futuro que no fuese la terca repetición del pasado trágico.
Decidieron cerrar las heridas, que eran más que profundas. Salieron de las trincheras y comenzaron a construir -en tan sólo el tiempo histórico de una generación- un país con comunistas y monarquía, con socialistas y liberales. “Todos revolcados en el mismo lodo”, sin que ello fuese vergonzante.
“La monarquía recuperada no significó el triunfo de una ideología sobre otra, de ningún sector, de ninguna fuerza, sino el triunfo de la decisión de un cambio”, expresó el rey Juan Carlos en el discurso de conmemoración del cuarto de siglo de la Constitución española.
En la España de hoy -que ya no vive sólo por el albur de una buena temporada turística en la Costa del Sol, que la ayudó durante años a comer pero no a crecer ni a madurar como sociedad-, los antagonismos son parte del pasado.
Hoy España tiene una democracia liberal y social.
Hoy las consecuencias de la madurez política se respiran en la península.
Salieron del aislamiento y el retraso. En 1978, los españoles se conformaban con 400 dólares por cabeza y hoy se quejan porque los 20.000 están lejos de alcanzar la renta per cápita de Inglaterra o Alemania. Hoy ya no son más los hermanos pobres de Europa: han recuperado un lugar en el mundo.
Pero lo importante es que el crecimiento no fue una casualidad, no fue el producto temporal de una cosecha o del aumento del precio de la soja.
Fue una construcción persistente, una convicción de la dirigencia política y una exigencia de la sociedad, que no quería volver al pasado.
Está España recogiendo los frutos de haber construido un espíritu de conciliación, de haber aceptado al otro en la construcción de una verdad colectiva sin la imposición de unos sobre otros.
En el discurso conmemorativo de los 25 años de la Constitución, el Rey Juan Carlos dijo: “Supimos hacer lo contrario de lo que denunciaba Ortega en su España invertebrada, cuando decía ‘por una curiosa inversión de las potencias imaginativas, suele el español hacerse ilusiones sobre su pasado, en vez de hacérselas sobre su porvenir’.”
España pudo superar sus viejos rencores, sus viejos problemas, construir una generación de políticos que, con sus buenas y sus malas, de derecha y de izquierda, de arriba y de abajo, decidieron cambiar la historia mirando para atrás sólo en la justa medida del espejo retrovisor que sirve para avanzar sin escollos hacia adelante.
En la Argentina, vivimos también un tiempo de recambio generacional, tanto en el Gobierno como en la oposición. Tenemos la posibilidad de hacer de los próximos 25 años el tiempo de un cambio positivo, duradero e inteligente.
Y si lo hacemos, podemos soñar con nuestro propio discurso conmemorativo, dentro de 25 años, que podrá decir: supimos hacer lo contrario de lo que denunciaba Ortega cuando decía “¡Argentinos a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismo, dejen de ‘ser promesa’.”
Quizás este viaje del Presidente Kirchner represente una buena oportunidad para que vaya a España con un portafolio en el que no cargue “cuestiones previas personales, suspicacias ni narcisismo”, y aproveche el intercambio con un pueblo que supo de hambre, de exilio, de dictadura, de muerte, y fue capaz de levantarse y, en una generación, salir adelante.
Aprendieron con su propio dolor que no es bueno cosechar sólo tempestades. Es tiempo de que los argentinos también lo aprendamos.
Por Patricia Bullrich

