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Sacarle el velo al velo
Las escuelas públicas, herederas de la Revolución Francesa, están siendo el terreno del debate más importante desde que Francia, en 1905, aprobó la separación de la Iglesia y el Estado.
Mas de 1.000 niñas musulmanas fueron durante el año a la escuela con su velo, y algunas de ellas, al negarse a cumplir la orden de quitárselo, terminaron expulsadas de sus aulas.
La Francia de la legalidad, la fraternidad y la igualdad convocó a sus mejores intelectuales para dirimir qué hacer frente al “choque civilizatorio” que, esta vez, sufría fronteras adentro.
La Comisión de Sabios, convocada por el presidente Jacques Chirac, tras varios meses de discusión, emitió su conclusión: dictar una ley que prohíba el uso personal de cualquier símbolo religioso “ostentoso” en colegios, hospitales, etcétera, y permitiendo en cambio el uso de símbolos discretos.
Quedó claro en la conclusión que el problema era sólo con el velo, ya que a nadie se le ocurre pensar que un niño católico concurriría a la escuela disfrazado de obispo.
Así, para evitar el punto álgido del debate, se decidió declarar símbolos non gratos en los espacios públicos de la Francia a la kipá judía y a las gigantes estrellas de David, cruces y esfinges de la Virgen María.
No había manera, en la tradición pluralista, de justificar la prohibición del velo si no era extendiendo la prohibición a todos los símbolos religiosos.
Así se encapuchó el verdadero debate.
El problema no eran ni son las cruces ni las estrellas de David.
El problema no es la prenda velo tampoco, sino el significado cultural que encierra su uso.
El Estado es laico, no las personas, y al extender la prohibición al espacio privadísimo de los individuos se entra en un terreno cuanto menos farragoso.
Todo para evitar discutir el fondo de la cuestión.
El velo es un velo a la ciudadanía de la mujer, a su espacio humano, a su ser.
Tras el velo se esconde la sumisión de la mujer al hombre. La mujer que no usa velo no es digna, merece sufrir el escarnio y el flagelo social del aislamiento por no esconder la impureza y la vergüenza de su cuerpo.
Tras el velo se esconde algo que va más allá que una práctica religiosa.
La verdadera discusión, entonces, no está en los símbolos en sí, sino en su significado profundo, donde la convivencia de lo diverso y la aceptación de lo diferente no pueden ser argumentos que justifiquen la discriminación tras un velo que cuestiona la condición ciudadana de la mujer.
Dicen los periódicos que las mujeres hindúes matan a sus bebas mujeres porque son una carga y prefieren los varones… En España las mujeres sufren la violencia doméstica porque los hombres quieren que vuelvan a las cocinas abandonadas desde hace un cuarto de siglo… Mujeres al borde de la lápida por osar hacer el amor… Mujeres que en la Argentina reciben menos paga por igual trabajo…
Correr el velo de la discriminación es la cuestión y no poner agentes policiales a mirar el tamaño del Corán, de la cruz o de la estrella de David que llevan colgados los adolescentes en sus pechos.
Por Patricia Bullrich

