Teléfonos: 4345-4262/3641 // 4331-5128
Código Postal: C1084AAE
centrodecontacto@unionportodos.org
Ciudad Autonoma de Buenos Aires
Todos medidos con distintas varas
La decisión está tomada. La audiencia pública que debería funcionar como un espacio de reflexión es un mero trámite. Hay un manto ideológico que produce el mismo efecto que una confesión religiosa. Después de la confesión, tres Ave María y listo, para algunos.
Para otros, el manto ideológico se transforma en un amplificador de su pecado. Es un manto corto, tapa y destapa lo que se le antoja.
Así hemos asistido en estas semanas a un gran escenario de la injusticia. No se trata este análisis de juzgar la particular visión que del derecho penal tiene Eugenio Zaffaroni. Tampoco de analizar sus respuestas que, a mi juicio, han sido coherentes con sus ideas. Sí se trata de analizar, con cierta preocupación, qu! e estamos frente a un gobierno que no mide la conducta de los ciudadanos con la misma vara.
A los que son de ellos, los "indulta"; a los otros, no. El poder privilegia a los suyos y los encubre. A los otros, no. La vara que utiliza el Gobierno para medir las conductas de cada uno lejos está de ser objetiva: las sanciones o los privilegios son directamente proporcionales a la adhesión política.
Bendini no hubiese resistido un día como jefe de las fuerzas armadas
si no fuese porque debe encubrir el "error" cometido por el Presidente,
que se dejó subyugar por las conversaciones políticas de largas
tardes del sur, cuando éste logró sumarse a las filas del
entonces gobernador. Este general, comprometido con un discurso antisemita,
dura porque el Presidente no puede mostrar la debilidad ideológica
de haber elegido un jefe militar cuanto menos con un discurso poco democrático.
Entonces, por decreto de necesidad y urgencia, Bendini no dijo nada de lo
que efectivamente dijo en clases públicas. No vaya a ser que se caiga
en una contradicción ideológica, lo que desmoronaría
el edificio de los buenos.
Eugenio Zaffaroni es parte de los cimientos de este edificio. Esto es harto
conocido. Por eso es que, se descubra lo que se descubriese, sus paredes
lo van a cubrir. No importa ya de qué se trate.
Está claro que la puerta del edificio es la puerta de la absolución o la de la condena. Las conductas objetivas no importan. Hay hijos y entenados. Esto quiere decir algo muy simple y muy brutal: hay quienes haciendo las mismas cosas tendríamos condenas distintas.
Si de algo se trata el derecho es justamente de lo contrario, hay justicia si todos somos juzgados por los mismos hechos de la misma manera y recibimos la misma sanción. Esto no ha pasado con Eugenio Zaffaroni ni con Bendini.
Va de suyo que frente a una persona que ha cumplido una condena, terminada ésta se da por terminada la sanción y todos quedamos igu ales ante la sociedad. El cumplimiento de la condena extingu! e definitivamente la misma y la persona vuelve a la sociedad sin ninguna deuda. Es lógico entonces que Eugenio Zaffaroni tenga a su lado a una persona que ha sido condenada porque, siendo coherente con él mismo, evalúa que esa persona está en igualdad de condiciones con las demás para cumplir una tarea, aunque sea en el máximo tribunal de la Nación.
Ahora no parecía ser ésta la filosofía del Gobierno ni mucho menos de gran parte del periodismo. No he escuchado las voces que se hubiesen levantado todas al unísono si el descubrimiento no se hubiese dado alrededor de una figura con el perfil de ideas de Eugenio Zaffaroni. Imagínense por un momento el aturdimiento mediático al que hubiésemos sido sometidos si se tratase de una persona con un origen ideológico, social o partidario diferente. Imagínense por un momento la suma de epítetos que hubiese recibido.
Tiene un mal contador, dice sin sonrojarse la Oficina Anticorrupción. El Presidente hace silencio con algunos , no así con otros que fueron rápidamente expulsados del edificio de los buenos. ¿Podemos permanecer callados frente a un gobierno que valora las conductas de las personas y estructura su normativa a la medida de sus necesidades ideológicas? Estamos transitando peligrosamente una práctica autoritaria donde la ley es la que el poder quiere que sea.
Si no estuviesen protegidos por la mano divina de su ideología y hubiesen dictado una clase fascista o jurado por los estatutos de la dictadura, evadido impuestos, mentido en su declaración jurada de bienes y tuviesen el asesoramiento de un ex convicto, estarían fatalmente excluidos.
La convivencia precisa de normas que, cumplidas por todos los ciudadanos, construyan armonía en la sociedad. Así, el camino elegido se hace arduo.

